Por Francisco Tavárez
No hay duda de que mejorar el tránsito es necesario. Menos tapones, menos tiempo perdido y una ciudad más funcional siempre serán buenas noticias.
Pero una cosa es celebrar una obra y otra muy distinta dejar de hacer preguntas.
El nuevo Expreso de la Plaza de la Bandera costó RD$3,300 millones para apenas 1.2 kilómetros. Es una cifra que impresiona y que merece una explicación tan grande como la inversión realizada.
El Gobierno afirma que estos recursos provienen de la renegociación del contrato de Aerodom y no del presupuesto ordinario. Eso explica de dónde sale el dinero, pero no responde si ese era el mejor destino para esos fondos ni por qué el costo es tan elevado.
En una democracia, cuestionar el uso del dinero público no es estar en contra del desarrollo. Al contrario: es la mejor forma de protegerlo.
¿Cuánto costó cada metro? ¿Qué factores técnicos justifican esa inversión? ¿Cómo se compara con proyectos similares dentro y fuera del país? Son preguntas legítimas que cualquier ciudadano tiene derecho a hacer.
También resulta curioso que una obra presentada como la más importante de la gestión se anunciara en medio de la fiebre del Mundial de Fútbol, cuando la atención pública estaba concentrada en otro tema. Un proyecto de esta magnitud merecía un debate nacional, no pasar casi inadvertido.
Las grandes obras no solo deben inaugurarse con cintas y discursos. También deben venir acompañadas de transparencia, datos y rendición de cuentas.
Porque el progreso no se mide únicamente por los kilómetros construidos, sino por la confianza que inspira en quienes lo pagan: los ciudadanos.
¿Usted considera justificada una inversión e RD$3,300 millones para un túnel de 1.2 kilómetros?
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